Lo que Estivill no nos contó…

por | 22 mayo, 2014

Conozco a muchas mamás y papás que han llevado a cabo el método de “dejar llorar al bebé hasta que aprenda a dormir solo”. Pero aún no conozco a ninguna/o que me haya comentado que lo hizo tan tranquila/o, sin sufrir igual o más que el niño. Lo normal es que me digan: “…Y yo detrás de la puerta, llorando casi más que él…” o “… los minutos me parecían horas. Yo quería entrar a calmarle pero aún no habían pasado “X” minutos…”

Y es que, en cuanto una de estas sensaciones y sentimientos te viene a la cabeza, lo mejor es hacer caso a tu instinto… ¿A qué madre o padre le gusta ver llorar o dejar llorar a su bebé?…

En la mayoría de los casos, seguimos estos consejos y técnicas de aprendizaje pensando que les estamos educando y haciendo un bien, que hacerles esperar les enseñará que en la vida no lo van a tener todo, creando así a una persona con fuerza psíquica suficiente para luchar contra los pormenores de la vida, contra las dificultades de la edad adulta. El problema es que no son adultos, que son bebés, y estamos anticipando los hechos y creando problemas e insatisfacciones a unas personitas que no están preparadas para gestionarlas y superarlas.

La investigación actual demuestra que lo que sucede mientras el cerebro de un bebé se está formando puede afectar enormemente a la salud mental del futuro adulto, tanto para bien, como para mal.

Cocktail de hormonas

Imaginemos la siguiente situación: Un niño solo en su habitación, llorando y llamando a sus padres. Asustado, empieza a sentir miedo, más aún si es un bebé, sin saber dónde está mamá o papá, ni lo que va a pasar. Ante esta situación, el cuerpo activa el estado de alerta, segregando las hormonas del estrés, la adrenalina y el cortisol. Como consecuencia los niños que no son atendidos lloran hasta que el cuerpo reacciona y entiende que el cerebro no puede aguantar durante mucho tiempo esta situación. Para compensar se liberan hormonas opiáceas, como endorfinasy serotonina(tranquilizantes naturales) que provocan una bajada del estrés y calman al niño. Teniendo en cuenta que es la hora de dormir, que lleva llorando mucho rato y está agotado y además acaba de recibir un “chute” de tranquilizantes naturales, es normal que se duerma, pero no porque haya aprendido nada, simplemente porque cae rendido.

Otro de los comentarios típicos en mamás y papás que llevan a cabo este método es: “Mira si es listo que hasta se provoca el vómito para llamar la atención y que entremos a por él”.

Es totalmente falso que los niños se provoquen el vómito para llamar nuestra atención. Cuando hay niveles altos de cortisol y de serotonina en una misma situación, se produce el vómito involuntario. Esto no es un hecho que sucede sólo en los niños, ya que afecta también a los adultos. Seguro que alguna vez os ha pasado o habéis visto u oído, que ante una situación de mucho estrés y cuando el cuerpo finalmente se relaja, aparecen náuseas e incluso el vómito. (En las películas suelen usar bastante este argumento fisiológico y psicológico).

Entonces, ¿qué hacer?

Acompañar al niño y ayudarle a conciliar el sueño. Lo único que favorece el desarrollo natural del sueño es la lactancia materna y el colecho.

Queremos que los niños duerman como los mayores, pero olvidamos que para dormir como un mayor ¡hace falta serlo!

El sueño infantil es evolutivo en los niños y va cambiando. Es como querer que un niño de dos o tres meses comience a caminar. (Leer más sobre El sueño infantil).

Los niños que tienen unos vínculos afectivos seguros suelen ser niños más independientes en un futuro. No dependen tanto de mamá porque saben que cuando han necesitado a mamá, ella ha estado ahí. Está demostrado que de la otra manera les creamos miedos, inseguridades, baja autoestima: “…da igual lo que haga, papá y mamá no van a venir, o al menos no cuando les necesito”. Así que hay que atender al bebé, cogerle en brazos, mimarlo, tocarlo… todo lo que genere placer. Las pruebas parecen demostrar que las sustancias relacionadas con el placer ayudan a que se desarrollen las funciones superiores del cerebro.

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